martes, 2 de junio de 2015

Puntos del vista




Esta habitación tan llena, me hace sentir, a la vez, tan vacía… Me encierro aquí cómo si fuera mi refugio, pero no consigo abstraerme de todo cuanto la rodea. La casa parece distinta. La calma reina en cada rincón, está tranquila, demasiado tranquila. Necesito sosiego, pero echo de menos los gritos, risas, llantos y peleas que llenaban este espacio hasta ayer. 
             Nunca olvidaré ese día. ¿Quién me iba a decir que acabaría sola? Aseguran que la culpa es mía, pero yo no lo veo así. Ellos no son las únicas víctimas de esta historia, y menos él, que va por ahí intentando dar pena. 

            Afirman que estoy enferma y que no pueden aguantar más vivir a mi lado, que cualquier día cometo una locura y que han intentado ayudarme pero yo no lo he consentido. ¿Ayudarme a qué? ¿A aislarme del mundo? ¿A encerrarme en un sitio lleno de locos? Eso creen que soy, una loca desquiciada que no sabe cuidar ni a su marido ni a sus hijos, que por no saber, no sabe ni cuidarse a sí misma. 

             No entiendo cómo mi familia ha podido abandonarme, cómo mis hijos, ya mayores, han tomado partido por su padre. Creo que, los únicos locos que hay aquí son ellos y que ya volverán arrepentidos cuando vean que sin mí no son nadie. ¿Loca yo? 

              Voy a salir a dar una vuelta. Estar encerrada en esta casa que ya no es hogar no me hace ningún bien. En la calle, todas las miradas se dirigen hacia mí. Pienso que la noticia de mi abandono se ha difundido con demasiada velocidad y que de ahí vienen esos ojos que me observan sin disimulo alguno. Continúo mi camino, sin rumbo, cuando noto una mano amiga posarse sobre mi hombro. “Vamos a mi casa, Rosa, y te dejo algo de ropa”, dice mientras me deja un espejo en el que observarme, pero yo, no me reconozco. 

miércoles, 29 de abril de 2015

Sueños que se ahogan




Samira se despierta sobresaltada. Otra vez la misma pesadilla. Ese maldito sueño que la acompaña desde hace meses. Su mente se niega a borrar las imágenes de aquel fatídico día, el sonido de los gritos a su alrededor y el regusto salado en sus labios. Demasiado dolor acumulado en el agua del inmenso mar.

        Todo sucedió en una interminable noche de septiembre, cuando el oleaje alcanzó tal magnitud que la patera en la que viajaban se tambaleaba a su merced, sin visos de parar hasta quedar totalmente vacía. Tras meses de espera, la barca, por llamarlo de alguna manera, por fin llegaría a orillas españolas en unas horas, pero el destino, a veces tan cruel, parecía querer impedírselo. 

Solo recuerda los sollozos de la pequeña Fátima, que a penas duraron unos segundos, y observar cómo se alejaba, zarandeada por las olas de un lado al otro del mar. No pudo evitarlo, se le escapó de los brazos y no volvió a verla. Nadie fue capaz de detener su inevitable viaje hacia lo desconocido, cómo Samira llamaba a la muerte. Ya no temía perder la vida, no le quedaba nada y tenía que intentar, por todos los medios, prosperar lejos de su tierra. 

Por fortuna, los primeros rayos de sol trajeron la calma al agua y la esperanza apareció en forma de Protección Civil. La playa se llenó de cuerpos inertes que se fueron cubriendo de sábanas blancas. Pocos sobrevivieron a la tragedia. A penas hubo una decena de afortunados que lograron mantener su única posesión, la vida a la que se aferraban en memoria de sus compatriotas ya desaparecidos. Desde entonces, hasta hoy, la pesadilla vuelve a la mente de Samira para recordarle que tiene que ser fuerte y seguir buscando un futuro mejor, el que siempre había buscado para una hija que ya nunca lo tendrá.  

viernes, 17 de abril de 2015

Cuando Arantxa no está




La luz del aparcamiento se apagó y nada volvió a saberse de Arantxa. El rastro de la joven se había perdido en el supermercado de su barrio, dónde estuvo por la tarde haciendo la compra. Un par de latas de tomate frito, dos kilos de manzanas, queso rallado y cuatro yogures. Los restos aparecieron esparcidos por el pavimento del garaje y fueron recogidos por la policía criminalista como prueba de un posible delito. 

         Los agentes comprobaron que el corte del suministro eléctrico no se debió a una avería, sino que alguien se había encargado de ocasionarlo, de manera fortuita. De ahí que aumentaran las teorías de un posible rapto frente a las de una fuga voluntaria. 

      Arantxa no tenía enemigos conocidos,  se llevaba bien con sus padres y mantenía una estupenda relación con Jaime, su novio, con el que llevaba saliendo algo más de dos años. No tenía, por tanto, motivos aparentes para marcharse y dejarlo todo. Sin embargo, la policía no podía descartar ninguna hipótesis, por lo que los interrogatorios al entorno más cercano de la chica se sucedieron durante semanas. 

       Todos se preguntaban qué ocurrió aquel fatídico día; dónde estaba Arantxa; quién podía querer hacerle daño y, lo más desconcertante, si seguía viva o no. Esto era lo que atormentaba a sus progenitores, para quienes la ausencia de noticias pasó a convertirse, con el paso de los días, en la mejor noticia. Querían encontrarla, pero el mero hecho de pensar en su muerte, los derrumbaba. La sensación que les producía el sonido del teléfono era difícil de explicar. Por un lado, esperanza; por otro, incógnita, desesperación y angustia. 

          La prensa no tardó en hacerse eco de la noticia. Algunos periodistas, sabedores y ávidos del morbo que una desaparición de aquel tipo provocaba en la sociedad, pero todos con la idea de ayudar a la familia de Arantxa. Su imagen en telediarios y periódicos hacía saltar las lágrimas de quienes más la conocían. Y no solo eso, pues las calles de la ciudad estaban empapeladas con carteles en los que aparecía su foto y los teléfonos a los que llamar en caso de tener alguna pista. 

       Jaime echaba de menos a su novia. Ver su sonrisa, escuchar su voz, sentir sus besos y abrazos, notar su cariño, en definitiva, saber que estaba ahí. Ella le hacía la vida más fácil, era la única que conseguía que se olvidara de sus problemas. Aquella tarde, no quiso acompañarla al súper y se sentía culpable. Si a ello se le unía que era el principal y único sospechoso de su desaparición, no extrañaba que no quisiera ver a nadie, ni salir de casa, donde lo esperaban fotógrafos y reporteros. Pensó que lo mejor era aislarse del exterior y esperar a que todo pasara. 

        Los padres de Arantxa no sabían que pensar a cerca de Jaime. Siempre lo habían considerado un chico formal, que trataba muy bien a su hija y poseía una educación exquisita. Pero ¿quién les garantizaba que no tuviera nada que ver con el hecho de que el paradero de su niña fuera incierto? Además, la coartada del joven resultaba extremadamente frágil. Al ser preguntado por la policía sobre dónde se encontraba el día de la desaparición, aseguró, entre balbuceos, que no se sentía bien, por lo que no quiso quedar con su novia y decidió permanecer en casa descansando en el sofá mientras veía una película. Dijo, también, que estuvo solo en su domicilio desde la hora de comer hasta la mañana del día siguiente. ¿Quién podía comprobar que decía la verdad? 

           El miedo y la desconfianza se expandían en el entorno de Arantxa. Los vecinos del barrio se miraban con recelo. Las madres con hijas de la misma edad temían que les sucediera algo parecido. Éstas, a su vez, sospechaban de cada chico que se cruzaban por la calle, incluso de sus compañeros de clase y hasta de los atractivos camareros de los pubs y discotecas que frecuentaban. Pero la vida seguía su curso, no podían dejarse llevar por el pánico, y menos sin saber aún qué había sucedido. Todavía quedaba la esperanza de que la joven se hubiera mudado de ciudad por voluntad propia sin decir nada a nadie con el fin de cambiar de vida. O tal vez se tratara de un secuestro, si bien es cierto que, tres semanas después de perder el rastro de Arantxa, nadie había pedido un rescate.

          Cuando se cumplía un mes de la desaparición, los telediarios de todas las cadenas se hicieron eco de una estremecedora noticia. Una mujer de la misma edad que Arantxa no había llegado a sacar el coche de su aparcamiento. El portero del edificio había encontrado su cuerpo, sin vida, sobre un charco de sangre, al entrar al trabajo esa mañana. Al lado, el vehículo intacto, no había sufrido ningún tipo de robo o daño, por lo que se descartaba el móvil económico en aquel macabro asesinato. 

           El caso de Arantxa daba un vuelco. La Policía pasó a buscar si existían más coincidencias entre su desaparición y la muerta de aquella joven, que las perceptibles a simple vista: dos mujeres de la misma edad, ambas en un aparcamiento… 

          Al examinar el lugar del crimen, los agentes comprobaron, con estupor, que alguien había cortado la luz de la misma manera que lo habían hecho el mes anterior en el parking de Arantxa. Una coincidencia demasiado importante como para dejarla pasar. Cabía la posibilidad, por tanto, de que el asesino estuviera implicado en la desaparición, y para colmo, estaba suelto pudiendo repetir crimen con cualquier otra chica. 

            El caso es que Arantxa no aparecía por ningún sitio y su coche tampoco. Había pasado un mes y la Policía no sospechaba de nadie en particular. Ahora, tenían la oportunidad de resolver dos casos de una tacada, siempre y cuando rapto y asesinato tuvieran el mismo autor. 

         Prestaron especial atención a los aparcamientos de la zona, pues tal vez el culpable del crimen se pasara por alguno de ellos para atacar a una nueva víctima. Observaron la entrada y salida de conductores y realizaron entrevistas a los propietarios o arrendatarios de todas las plazas de los garajes más cercanos.  Se fijaron en cada hombre, sobre todo en los más jóvenes, en sus aspectos y en la seguridad o no de sus palabras. 

             La investigación seguía su curso sin muchos frutos. Cada vez más interrogatorio a posibles sospechosos y un nuevo abanico de opciones de las que no se podía descartar ninguna. Cualquier hipótesis, por extraña que pareciera, podía hacerles dar con el paradero de Arantxa. 

             La Policía mantenía informados tanto a los padres como al novio de los pasos que daban. Eran conscientes del sufrimiento que estaban padeciendo y trataban de aliviar su dolor en la medida de sus posibilidades. 

             Habían pasado cincuenta días de la desaparición cuando los agentes recibieron una extraña visita en la comisaría. Una mujer de unos cuarenta años de edad aseguraba saber qué tenían en común Arantxa y la joven asesinada en su garaje, algo que podía resultar clave en la investigación. Escucharon atentamente la historia que les contó, en la que no encontraron incoherencias ni indicios que les hicieran sospechar que mentía. El relato de los hechos tenía bastante lógica y creyeron que, en base a aquella declaración, podían avanzar hacia el esclarecimiento de los hechos. 

              Macarena, que así se llamaba la nueva testigo del caso, aseguró conocer bien a Patricia, la joven recientemente asesinada. Comentó que en las últimas semanas la había notado tensa, nerviosa, ausente. Tanto le había llamado la atención ese comportamiento que se decidió a hablar con ella para ver qué le sucedía. Fue ahí cuando la chica le confesó que Lucas, su ex, llevaba un tiempo acosándola. La esperaba a la salida del trabajo y cuando entraba al gimnasio, conocía sus horarios e incluso cuando iba a hacer la compra o el momento del día en el que sacaba la basura. 

            El acoso al que estaba sometida Patricia de manos de su ex pareja ya llamaba la atención de la Policía y resultaba un dato importante en la investigación de su muerte. Pero no era lo único que tenía que decir Macarena, quien aún poseía una información de vital relevancia que aportar: sabía que Lucas había estado saliendo con Arantxa durante una temporada y que lo habían dejado porque ella no estaba segura de la intensidad de sus sentimientos hacia él. 

             Los datos aportados por la nueva testigo señalaban de manera directa a Lucas, un hombre de treinta y cinco años, electricista de profesión, de complexión fuerte y aficionado al gimnasio y a la práctica de deportes como el boxeo y la esgrima. 

          La Policía pensó, por tanto, en el móvil pasional. En ambos casos la víctima había mantenido una relación con el sospechoso y había terminado dejándolo por diversos motivos, algo que Lucas no habría sido capaz de aceptar. La detención fue inmediata y con ella llegó el interrogatorio. Había que ver dónde se encontraba en el momento de la desaparición de Arantxa y la noche en la que Patricia fue asesinada. Comprobar si tenía coartada y en su caso si decía la verdad. 

              El entorno de Lucas destacaba su fuerte carácter y la facilidad con la que se enfadaba. No resultaba difícil discutir con él por cualquier motivo. Los vecinos aseguraban escuchar con frecuencia gritos procedentes de su piso. También afirmaban que, en cuestión de cuatro o cinco años, le habían conocido una media docena de novias. 

          La resolución del caso parecía cercana, pero el cuerpo de Arantxa seguía sin aparecer. Nadie podía asegurar que siguiera con vida, pero tampoco existían evidencias de su muerte. Aún así, Jaime no podía evitar sentirse un poco más aliviado al saber que ya no era sospechoso de la desaparición de su novia. 

             Tres noches llevaba Lucas durmiendo en comisaría cuando apareció una pista que volvía a dar la vuelta al caso. El jefe de uno de los supermercados más concurridos de la zona entregó un video de las cámaras de seguridad de su establecimiento en el que se veía a una persona intentando agredir a una joven cuando salía de hacer la compra. 

             La Policía, tras ver el vídeo varias veces, seguía sin salir de su asombro. La imagen estaba un poco borrosa, pero se distinguían bastante bien sus protagonistas. Enseñaron la cinta a la familia de Arantxa para ver si la joven conocía a víctima o agresor. Ninguna tenía la menor idea de quien era la agredida, pero todos se sorprendieron al comprobar que el agresor les era más que conocido. 
No había tiempo que perder. La detención debía producirse lo antes posible para evitar nuevas víctimas. Además, tenían que comprobar los motivos de la agresión y asegurarse de si era o no la única. 

       Con el interrogatorio, Azucena se derrumbó y confesó la verdad. Siempre había estado enamorada de Lucas y no podía soportar verlo con otras mujeres. Por ello, a pesar de la amistad que la unía a Arantxa, y de lo mucho que ésta la había ayudado en los estudios, tenía que impedir que ambos se volvieran a juntar. Sabía que estaba enamorada de Jaime y que les iba genial, pero su obsesión iba más allá. Confesó ser la autora del asesinato de Patricia, pero juró y perjuró que era incapaz de hacer daño a su amiga. 
        
        Al día siguiente, las portadas de todos los periódicos mostraban la fotografía de una demacrada Arantxa abrazada a Jaime y sus padres. La pesadilla había terminado. Un macabro sueño del que le sería complicado despertar. 

viernes, 10 de abril de 2015

Disfruta la primavera


Patios de Córdoba. Autora: Cristina Piñar 


Estamos en primavera. Llega el buen tiempo, vuelve la manga corta y se guarda la chaqueta. El campo luce su mejor imagen, bellas instantáneas para plasmar en fotografías que perduren en el tiempo. Las flores llenan de colores cada rincón y sus aromas te envuelven en la magia del anochecer. Cuando cae la tarde, miras al horizonte y divisas el bello paisaje que la tierra nos ofrece. Escuchas el canto de los pájaros, contentos por la nueva estación del año. Los parques y las calles se llenan de niños con ganas de jugar. Mayores y jóvenes pasean, mostrando el contraste de las nuevas parejas que surgen con aquellas que llevan juntas toda una vida. Te sientas en una terraza a observar mientras tomas un delicioso helado. Das gracias a Dios por esas pequeñas cosas que disfrutas casi sin darte cuenta. La vida pasa cómo un suspiro. Por eso, aprovecha, sal, pasea, conversa, canta, baila, sonríe, vive, porque estamos en primavera. 

viernes, 27 de marzo de 2015

En manos de las letras




Siempre había participado en el certamen y en pocas ocasiones se había quedado sin premio. ¿Por qué ahora su mente se había declarado en huelga?
           
            Aquella tarde se encerró en su habitación, en silencio, desconectó el teléfono móvil, se tomó un café doble y se dispuso a esperar, con impaciencia, la visita de las musas. “Venga, Fátima, un poco de calma”, se decía para tranquilizarse.

            Mientras, en el interior de su cerebro, las letras convocaron una asamblea extraordinaria para tratar de ayudarla. “Ha llegado el momento”, dijo la veterana de las  “as”. “Tenemos que dejar atrás la pereza. Es cierto que aquí se está muy bien, todas juntas, tan a gusto, sin temor a las críticas de ahí fuera. Pero nuestra misión es ser utilizadas por Fátima, facilitarle su trabajo. Además, pensarlo bien, ¿no os atrae la idea de la fama? Formar parte de un relato y ser vistas por multitud de curiosos ojos?”. Un murmullo invadió la mente de Fátima, donde las letras comenzaban a cambiar de opinión y a ordenarse dispuestas a salir.   

            La joven notó un leve dolor de cabeza y justo cuando se disponía a abordar la misión, un torrente de ideas la sorprendió. Eran tantas que no sabía por cual decantarse hasta que se decidió por una de ellas. “¡Por fin tengo tema para mi relato!”, exclamó. Y se puso a escribir como nunca antes lo había hecho.
           
            La veterana “a” se sintió orgullosa de la labor realizada. Había llegado el momento de dar paso a su sucesora, su misión allí había culminado. Y salió para formar parte de la última de las palabras de un precioso relato con el que Fátima ganó, una vez más, el concurso de la Universidad.  

miércoles, 4 de marzo de 2015

Este jueves, un relato: "Título sorpresa"




Una pizza a cuatro besos 

Cuando Diana comenzaba a desesperarse, un watshapp la sorprendió, despertándole de nuevo la ilusión. “Te doy una cita. Una que no podrás olvidar. Este sábado, cuando la pizzería cierre, te estaré esperando dentro. Nos vemos”.

Llegó la noche que tanto ansiaba. Estuvo rondando por la pizzería hasta comprobar que alguien cerraba la puerta desde dentro. Era él. Se acercó, dio un par de toques con los nudillos y Lucas salió a recibirla. Se saludaron y pasaron dentro. Había preparado una mesa preciosa, que nada tenía que envidiar a las de las citas que salen en las películas de amor.

            “Siéntate. Si realmente quieres que tengamos esta cita, debes de atajar mis normas, de lo contrario, aún estás a tiempo de salir por esa puerta”, dijo Lucas. Diana, ya que había llegado hasta allí, no podía desperdiciar la oportunidad, y aceptó. “De acuerdo, así lo haré”.

            El joven entró a la cocina y salió de ella con una pizza que tenía un aspecto más que apetecible. “Esta es mi especialidad, la cuatro quesos. Voy a proponerte un juego. Como ves, esta pizza posee cuatro tipos distintos de queso. Te reto a que los probemos, deleitándonos, juntos, con su rico sabor. Empezaremos por el queso mozzarella. Se trata de un queso suave, ligero, que a penas se percibe, pero tan importante cómo los demás. Igual que un pico. Un beso que casi no se nota, pero que te puede llegar a estremecer. Toma, prueba”. Y dirigiendo el tenedor hacia la boca de la joven, le dio a tomar un trozo de pizza al que le sucedió un pequeño beso en la comisura de los labios.

-“Delicioso ¿verdad? ¿Quieres que continuemos?”
-“Por supuesto”.

            “El siguiente queso del que se compone mi pizza es el gouda. Éste tiene un saber algo más pronunciado, lo bastante para gustar a todos, incluso a los que no son muy amantes de este lácteo ingrediente. A mí me recuerda al primer beso que se da una pareja. Ese que se disfruta lentamente, sin prisa, saboreando cada momento. ¿Quieres?”. Diana se derretía por dentro tanto o más que los quesos de aquella pizza, intuyendo cómo podía continuar la cita. De nuevo probaron un trozo y Lucas se acercó dándole un beso tal y como el de su descripción.

            “¿Y esos coloretes? ¿Tienes calor? Te advierto que la temperatura va a seguir subiendo. Nos toca el queso azul. Intenso, de sabor fuerte, difícil de olvidar, cuyo gusto permanece durante largo rato. ¿A que beso te recuerda? ¿A uno de tornillo tal vez? Acércate. Voy a poner un trozo en mi boca. Quiero que lo disfrutemos juntos”.

            Diana se sentía la mujer más dichosa de la tierra. El hombre que tanto la atraía le había preparado una cita llena de besos.

            “Lo siento, hemos llegado al último de los quesos y quien sabe si con él también al último de nuestros besos. El rulo de cabra. Este tipo de queso es diferente. Tiene un sabor que no sabría explicarte, pero que hace que la pizza quede redonda al conjugarse con los demás. A mí, es el que más me gusta”. Diana, movida por un irrefrenable impulso, se abalanzó sobre Lucas y se dejó hacer durante unos intensos minutos llenos de pasión. Disfrutó cada caricia, cada abrazo, cada beso. Era el momento de dejarse llevar. Tal vez no volvería a tener una cita, o puede que fuera la primera de muchas. En cualquier caso, estaba experimentando sensaciones que nunca pensaba alcanzar.

            Cuando terminaron, abrazados, desnudos sobre el suelo de la pizzería, se miraron a los ojos y supieron que lo de aquella noche iba más allá de la pasión de un instante. Al menos, tendrían que repetir un sábado más para probar la siguiente pizza de la carta. 


Más relatos en el blog de Dorotea

miércoles, 11 de febrero de 2015

Los fantasmas se aburren




Llegó el día en que los fantasmas del viejo caserón se tomaron vacaciones. Acostumbrados a trabajar sin descanso, no se hallaban sin nada que hacer. Pasaron a dedicar el tiempo a corretear de un lado a otro, aunque sin nadie a quien asustar, no resultaba igual de divertido. Añoraban las noches en las que salían de sus escondites para atemorizar a los inquilinos del ruinoso edificio. No era de extrañar que fueran pocos los que resistieran más de dos semanas en el lugar, por lo que nadie se decidía a llevar a cabo ningún tipo de reforma en él. Si no lo impedían, la construcción acabaría viniéndose abajo y con ella su futuro e ilusiones. ¿Qué sería de unos pobres fantasmas sin lugar en el que pernoctar y realizar su trabajo? El miedo no tiene sentido si no hay quien lo padezca, por eso, necesitaban encontrar nuevas víctimas urgentemente.

            Lo ideal era que una familia comprara la casa. Los niños son las víctimas preferidas de todo fantasma que se precie, poder asustarlos a ellos y, por que no, también a sus padres, les devolvería la vida que poco a poco estaban perdiendo. Les encantaba generar corrientes de aire y arrastrar las cadenas provocando ruidos. Todo valía con tal de hacer surgir el medio.

            Tras meses de descanso, finalmente, un joven matrimonio con tres niños se animó a comprar el viejo caserón. La alegría de los fantasmas fue tal, que organizaron una fiesta para celebrarlo. Los inquilinos aún tardarían unos días en llegar, por lo que podían ser todo lo escandalosos que quisieran.


Una gran explosión los sorprendió en medio del jolgorio. Los cimientos del viejo edificio temblaron y, por una vez, los fantasmas pasaron de crear miedo a padecerlo. No sabían lo que estaba sucediendo, pero deducían que nada bueno. El estruendo dio paso al silencio. Rodeados de polvo, comprendieron que alguien había decidido derrumbar su casa, dejándolos, del mismo modo, huérfanos de esperanzas.