¿Cómo he dado lugar a terminar así? Nadie me comprendía cuando aseguraba estar enfermo. Nadie supo entender que no era yo el que cometía aquellos terribles crímenes, que algo que ni yo mismo sé explicar se apoderaba de mi mente y hacía que me transformara en el ser más despreciable que se pueda imaginar.
He de reconocer que disfrutaba con el dolor de mis víctimas. Sus gritos desgarradores y el calor de la sangre manando de sus indefensos cuerpos me producían una sensación tan placentera que me llevaba al éxtasis. Recuerdo cada instante y se me ponen los pelos de punta.
Tener el futuro de una persona en tus manos, ver cómo te suplica que no la mates, notar su miedo en cada respiración entrecortada, en cada sollozo y saber que sólo tú conoces su final es, sencillamente, una delicia.
Antes de matarlos me entretenía con ellos, haciéndoles ver que si acertaban una serie de preguntas les perdonaría la vida. También les hacía pequeños cortes por todo el cuerpo para deleitarme con los diversos recorridos de la sangre. Además, si eran mujeres, las violaba, y esto ya era el disfrute máximo. No podéis haceros a la idea de lo que gozaba, nada que ver con una experiencia sexual al uso.
Después de aquellos momentos de intimidad con las víctimas, llegaba la hora de matarlas. A veces las asfixiaba, otras les daba un golpe en la cabeza o les cortaba la yugular. Me gustaba variar la ejecución, pues llevar a cabo siempre la misma, me aburría sobremanera. Por último, dejaba los cuerpos en medio del campo, en lugares visibles para que los encontraran al día siguiente. No me preocupaba de esconderlos, pues nunca tuve miedo a las consecuencias de mis actos.
Lo peor de todo sucedía cuando llegaban los momentos de lucidez y con ellos los remordimientos. La última vez fueron tan fuertes que por eso terminé así. Un final que jamás habría imaginado pero, ya ves, después de todo uno también tiene su corazoncito ¿no?
Conoce más historias sobre "El árbol del ahorcado" en el blog de Luis Bernardo




