miércoles, 22 de febrero de 2017

Este jueves, un relato: "historia de una escalera"






Aquella escalera se había convertido en una metáfora de lo que era su vida. Se había propuesto subir cada día un peldaño más, solo uno, puede que para algunos fuera poco, pero para él, era todo un mundo. Haciéndolo así, tardaría bastante, pero terminaría consiguiendo su objetivo. Llegar hasta arriba y mirar atrás sin miedo a caer, sin temor a derrumbarse y volver al principio. Así era su día a día tras el accidente. Al principio, pensó que jamás llegaría a subir ni tan siquiera un par de escalones. Observaba el final de éstos cómo si del monte Everest se tratara, una meta inalcanzable para él y sus entonces débiles, por no decir casi muertas, piernas. Pero rendirse nunca había entrado en sus planes, ni aun cuando todo era oscuro e incierto. Estaba tocado, pero no hundido, y sabía que, tarde o temprano, volvería a flotar.


Esa mañana, al despertar, fue consciente de que el esfuerzo de tanto tiempo por fin obtendría su recompensa. Ansiaba culminar el ascenso de aquella interminable escalera que tan cuesta arriba se hacía. Solo faltaba un peldaño, un paso más para lograr su sueño, para conseguir que su vida volviera a pintarse de colores vivos. Antes de posar el pie en el rellano, miró al suelo de donde venía y también el techo al que se encaminaba, el objetivo estaba cerca, pero ahora, tocaba marcarse otro. Así, cada día, volvería a tener una nueva ilusión, algo por lo que luchar y esforzarse. Sus piernas, estaban más vivas que nunca, pero podían estarlo todavía más, y no pararía hasta conseguirlo. 


Podéis encontrar más historias sobre una escalera en el blog de Charo


jueves, 26 de enero de 2017

Este jueves, un relato: "Soledades"




“Mamá, hoy sí que no puedo ir al cole, estoy malo de verdad, me duele mucho la cabeza y tengo angustia”. Cada mañana, Alfonso trataba de poner algún pretexto para no ir a clase, pero de poco le servían las excusas. De lunes a viernes allí estaba él, entre las paredes del edificio que, de un tiempo a esa parte, se había convertido en una cárcel en la que recibía la peor de las torturas.

Nada más llegar, notaba las miradas de desprecio de sus compañeros y escuchaba los primeros insultos: cuatro ojos, empollón de mierda, feo, gordo asqueroso,  ¿a dónde vas con esa cara? ... Intentaba ignorarlos, pero ni pasando de ellos lograba que terminasen.

Ya en el aula, enseguida se le acercaba algún niño a su pupitre para quitarle algo de material escolar, con las consiguientes risas y mofas del resto de alumnos. A veces, otro le daba un pescozón e incluso en más de una ocasión le escupían en la mesa o ponían un chicle en la silla para que se le quedara pegado al pantalón.

Las horas lectivas se le hacían eternas, pero lo peor, sin duda, eran los recreos. Solo él y quiénes lo sometían a las peores vejaciones, conocían todo cuanto acontecía en esos minutos de descanso.

Alfonso no sabía cómo hacer frente a la situación. Ya no le quedaba ni un solo amigo y eso, sumado al acaso que recibía por parte de la mayoría de sus compañeros, estaba haciendo que cada vez se encontrara más triste, sin tan siquiera gana de salir con la bici por miedo a encontrarse con alguno de esos niños por la calle.

Nada más llegar a casa y comer lo poco que su pequeño y medio cerrado estómago le aceptaba, se encerraba en su habitación, dónde sus padres pensaban que jugaba a la videoconsola y hacía los deberes, sin ser conscientes de que pasaba más tiempo llorando e intentado dormir para olvidar, que haciendo otras cosas propias de niños como él.

Aquel día, creyó haber llegado al límite. O ponía una solución a su problema ya, o acabaría tirándose por el balcón o cometiendo cualquier locura parecida. Llegó al colegio y al primer insulto recibido, reaccionó sacando toda la ira y rabia que tenía acumuladas. Se miró las manos ensangrentadas y observó a Matías tirado en el suelo, dolorido, abrumado por una situación que muchos podían haber evitado y que ahora lamentaban. Ya era tarde. Entre todos, habían logrado acabar con la inocencia de Alfonso, le habían arrebatado su niñez.


Más historias sobre soledades en el blog de Pepe