viernes, 17 de abril de 2015

Cuando Arantxa no está




La luz del aparcamiento se apagó y nada volvió a saberse de Arantxa. El rastro de la joven se había perdido en el supermercado de su barrio, dónde estuvo por la tarde haciendo la compra. Un par de latas de tomate frito, dos kilos de manzanas, queso rallado y cuatro yogures. Los restos aparecieron esparcidos por el pavimento del garaje y fueron recogidos por la policía criminalista como prueba de un posible delito. 

         Los agentes comprobaron que el corte del suministro eléctrico no se debió a una avería, sino que alguien se había encargado de ocasionarlo, de manera fortuita. De ahí que aumentaran las teorías de un posible rapto frente a las de una fuga voluntaria. 

      Arantxa no tenía enemigos conocidos,  se llevaba bien con sus padres y mantenía una estupenda relación con Jaime, su novio, con el que llevaba saliendo algo más de dos años. No tenía, por tanto, motivos aparentes para marcharse y dejarlo todo. Sin embargo, la policía no podía descartar ninguna hipótesis, por lo que los interrogatorios al entorno más cercano de la chica se sucedieron durante semanas. 

       Todos se preguntaban qué ocurrió aquel fatídico día; dónde estaba Arantxa; quién podía querer hacerle daño y, lo más desconcertante, si seguía viva o no. Esto era lo que atormentaba a sus progenitores, para quienes la ausencia de noticias pasó a convertirse, con el paso de los días, en la mejor noticia. Querían encontrarla, pero el mero hecho de pensar en su muerte, los derrumbaba. La sensación que les producía el sonido del teléfono era difícil de explicar. Por un lado, esperanza; por otro, incógnita, desesperación y angustia. 

          La prensa no tardó en hacerse eco de la noticia. Algunos periodistas, sabedores y ávidos del morbo que una desaparición de aquel tipo provocaba en la sociedad, pero todos con la idea de ayudar a la familia de Arantxa. Su imagen en telediarios y periódicos hacía saltar las lágrimas de quienes más la conocían. Y no solo eso, pues las calles de la ciudad estaban empapeladas con carteles en los que aparecía su foto y los teléfonos a los que llamar en caso de tener alguna pista. 

       Jaime echaba de menos a su novia. Ver su sonrisa, escuchar su voz, sentir sus besos y abrazos, notar su cariño, en definitiva, saber que estaba ahí. Ella le hacía la vida más fácil, era la única que conseguía que se olvidara de sus problemas. Aquella tarde, no quiso acompañarla al súper y se sentía culpable. Si a ello se le unía que era el principal y único sospechoso de su desaparición, no extrañaba que no quisiera ver a nadie, ni salir de casa, donde lo esperaban fotógrafos y reporteros. Pensó que lo mejor era aislarse del exterior y esperar a que todo pasara. 

        Los padres de Arantxa no sabían que pensar a cerca de Jaime. Siempre lo habían considerado un chico formal, que trataba muy bien a su hija y poseía una educación exquisita. Pero ¿quién les garantizaba que no tuviera nada que ver con el hecho de que el paradero de su niña fuera incierto? Además, la coartada del joven resultaba extremadamente frágil. Al ser preguntado por la policía sobre dónde se encontraba el día de la desaparición, aseguró, entre balbuceos, que no se sentía bien, por lo que no quiso quedar con su novia y decidió permanecer en casa descansando en el sofá mientras veía una película. Dijo, también, que estuvo solo en su domicilio desde la hora de comer hasta la mañana del día siguiente. ¿Quién podía comprobar que decía la verdad? 

           El miedo y la desconfianza se expandían en el entorno de Arantxa. Los vecinos del barrio se miraban con recelo. Las madres con hijas de la misma edad temían que les sucediera algo parecido. Éstas, a su vez, sospechaban de cada chico que se cruzaban por la calle, incluso de sus compañeros de clase y hasta de los atractivos camareros de los pubs y discotecas que frecuentaban. Pero la vida seguía su curso, no podían dejarse llevar por el pánico, y menos sin saber aún qué había sucedido. Todavía quedaba la esperanza de que la joven se hubiera mudado de ciudad por voluntad propia sin decir nada a nadie con el fin de cambiar de vida. O tal vez se tratara de un secuestro, si bien es cierto que, tres semanas después de perder el rastro de Arantxa, nadie había pedido un rescate.

          Cuando se cumplía un mes de la desaparición, los telediarios de todas las cadenas se hicieron eco de una estremecedora noticia. Una mujer de la misma edad que Arantxa no había llegado a sacar el coche de su aparcamiento. El portero del edificio había encontrado su cuerpo, sin vida, sobre un charco de sangre, al entrar al trabajo esa mañana. Al lado, el vehículo intacto, no había sufrido ningún tipo de robo o daño, por lo que se descartaba el móvil económico en aquel macabro asesinato. 

           El caso de Arantxa daba un vuelco. La Policía pasó a buscar si existían más coincidencias entre su desaparición y la muerta de aquella joven, que las perceptibles a simple vista: dos mujeres de la misma edad, ambas en un aparcamiento… 

          Al examinar el lugar del crimen, los agentes comprobaron, con estupor, que alguien había cortado la luz de la misma manera que lo habían hecho el mes anterior en el parking de Arantxa. Una coincidencia demasiado importante como para dejarla pasar. Cabía la posibilidad, por tanto, de que el asesino estuviera implicado en la desaparición, y para colmo, estaba suelto pudiendo repetir crimen con cualquier otra chica. 

            El caso es que Arantxa no aparecía por ningún sitio y su coche tampoco. Había pasado un mes y la Policía no sospechaba de nadie en particular. Ahora, tenían la oportunidad de resolver dos casos de una tacada, siempre y cuando rapto y asesinato tuvieran el mismo autor. 

         Prestaron especial atención a los aparcamientos de la zona, pues tal vez el culpable del crimen se pasara por alguno de ellos para atacar a una nueva víctima. Observaron la entrada y salida de conductores y realizaron entrevistas a los propietarios o arrendatarios de todas las plazas de los garajes más cercanos.  Se fijaron en cada hombre, sobre todo en los más jóvenes, en sus aspectos y en la seguridad o no de sus palabras. 

             La investigación seguía su curso sin muchos frutos. Cada vez más interrogatorio a posibles sospechosos y un nuevo abanico de opciones de las que no se podía descartar ninguna. Cualquier hipótesis, por extraña que pareciera, podía hacerles dar con el paradero de Arantxa. 

             La Policía mantenía informados tanto a los padres como al novio de los pasos que daban. Eran conscientes del sufrimiento que estaban padeciendo y trataban de aliviar su dolor en la medida de sus posibilidades. 

             Habían pasado cincuenta días de la desaparición cuando los agentes recibieron una extraña visita en la comisaría. Una mujer de unos cuarenta años de edad aseguraba saber qué tenían en común Arantxa y la joven asesinada en su garaje, algo que podía resultar clave en la investigación. Escucharon atentamente la historia que les contó, en la que no encontraron incoherencias ni indicios que les hicieran sospechar que mentía. El relato de los hechos tenía bastante lógica y creyeron que, en base a aquella declaración, podían avanzar hacia el esclarecimiento de los hechos. 

              Macarena, que así se llamaba la nueva testigo del caso, aseguró conocer bien a Patricia, la joven recientemente asesinada. Comentó que en las últimas semanas la había notado tensa, nerviosa, ausente. Tanto le había llamado la atención ese comportamiento que se decidió a hablar con ella para ver qué le sucedía. Fue ahí cuando la chica le confesó que Lucas, su ex, llevaba un tiempo acosándola. La esperaba a la salida del trabajo y cuando entraba al gimnasio, conocía sus horarios e incluso cuando iba a hacer la compra o el momento del día en el que sacaba la basura. 

            El acoso al que estaba sometida Patricia de manos de su ex pareja ya llamaba la atención de la Policía y resultaba un dato importante en la investigación de su muerte. Pero no era lo único que tenía que decir Macarena, quien aún poseía una información de vital relevancia que aportar: sabía que Lucas había estado saliendo con Arantxa durante una temporada y que lo habían dejado porque ella no estaba segura de la intensidad de sus sentimientos hacia él. 

             Los datos aportados por la nueva testigo señalaban de manera directa a Lucas, un hombre de treinta y cinco años, electricista de profesión, de complexión fuerte y aficionado al gimnasio y a la práctica de deportes como el boxeo y la esgrima. 

          La Policía pensó, por tanto, en el móvil pasional. En ambos casos la víctima había mantenido una relación con el sospechoso y había terminado dejándolo por diversos motivos, algo que Lucas no habría sido capaz de aceptar. La detención fue inmediata y con ella llegó el interrogatorio. Había que ver dónde se encontraba en el momento de la desaparición de Arantxa y la noche en la que Patricia fue asesinada. Comprobar si tenía coartada y en su caso si decía la verdad. 

              El entorno de Lucas destacaba su fuerte carácter y la facilidad con la que se enfadaba. No resultaba difícil discutir con él por cualquier motivo. Los vecinos aseguraban escuchar con frecuencia gritos procedentes de su piso. También afirmaban que, en cuestión de cuatro o cinco años, le habían conocido una media docena de novias. 

          La resolución del caso parecía cercana, pero el cuerpo de Arantxa seguía sin aparecer. Nadie podía asegurar que siguiera con vida, pero tampoco existían evidencias de su muerte. Aún así, Jaime no podía evitar sentirse un poco más aliviado al saber que ya no era sospechoso de la desaparición de su novia. 

             Tres noches llevaba Lucas durmiendo en comisaría cuando apareció una pista que volvía a dar la vuelta al caso. El jefe de uno de los supermercados más concurridos de la zona entregó un video de las cámaras de seguridad de su establecimiento en el que se veía a una persona intentando agredir a una joven cuando salía de hacer la compra. 

             La Policía, tras ver el vídeo varias veces, seguía sin salir de su asombro. La imagen estaba un poco borrosa, pero se distinguían bastante bien sus protagonistas. Enseñaron la cinta a la familia de Arantxa para ver si la joven conocía a víctima o agresor. Ninguna tenía la menor idea de quien era la agredida, pero todos se sorprendieron al comprobar que el agresor les era más que conocido. 
No había tiempo que perder. La detención debía producirse lo antes posible para evitar nuevas víctimas. Además, tenían que comprobar los motivos de la agresión y asegurarse de si era o no la única. 

       Con el interrogatorio, Azucena se derrumbó y confesó la verdad. Siempre había estado enamorada de Lucas y no podía soportar verlo con otras mujeres. Por ello, a pesar de la amistad que la unía a Arantxa, y de lo mucho que ésta la había ayudado en los estudios, tenía que impedir que ambos se volvieran a juntar. Sabía que estaba enamorada de Jaime y que les iba genial, pero su obsesión iba más allá. Confesó ser la autora del asesinato de Patricia, pero juró y perjuró que era incapaz de hacer daño a su amiga. 
        
        Al día siguiente, las portadas de todos los periódicos mostraban la fotografía de una demacrada Arantxa abrazada a Jaime y sus padres. La pesadilla había terminado. Un macabro sueño del que le sería complicado despertar. 

1 comentario:

  1. Es buenísimo tu relato, con un final inesperado...

    Muchos besos

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